La función de la iglesia cristiana evangélica en las elecciones en Colombia
La función de la iglesia cristiana evangélica en las elecciones en Colombia
Cómo el poder religioso moldea la política y el voto ciudadano
Introducción
Quisiera hablar de algo que siempre incomoda, irrita y descoloca a muchos creyentes cristianos evangélicos. Algo que preferirían mantener en silencio, cubierto bajo la alfombra de la santidad performativa y la obediencia incuestionable. Hablo del engranaje invisible —y a veces demasiado visible— entre religión, poder político y control social.
Hablar de esto implica revisitar mis propias heridas, mis años de ingenuidad, mi tránsito por iglesias que proclamaban libertad mientras reproducían formas refinadas de esclavitud espiritual, emocional y racial.
Mi historia no empieza en un púlpito, sino en un taller de pintura y latonería en Quibdó, a finales de los años noventa. Allí trabajaba yo, adolescente, en medio del olor a thinner y el sonido metálico de los golpes de martillo. Estudiaba en el colegio Santa Coloma, cuando conocí a un joven negro que acababa de entrar al taller; él era cristiano evangélico y, con la amabilidad típica de quienes creen tener buenas nuevas que salvarán al mundo, comenzó a invitarme a la iglesia. Las reuniones de jóvenes, los sábados, fueron mi puerta de entrada.
Quibdó cambiaba en ese tiempo: nuevas tensiones sociales, nuevas formas de miedo rondando las esquinas. Yo, sin entenderlo del todo, me fui enredando en esa comunidad religiosa que prometía refugio. Terminé comprometido con la congregación, entregando no solo mi tiempo, sino mi capacidad crítica.
Un día, el pastor pidió una cuota extraordinaria para arreglar la “planta física” de la iglesia. Yo no tenía el dinero completo. Entregué lo que podía. Recuerdo su respuesta con claridad quirúrgica:
—Esto es un abono, le falta completar el resto.
Salí sin entender por qué esa fue su reacción. Hoy lo sé: yo era el creyente perfecto para ellos —ingenuo, dócil, manipulable, dispuesto a interpretar la autoridad pastoral como voz de Dios.
Mi desplazamiento hacia Bogotá y el comienzo del desencanto
En 2001 me trasladé a vivir a Bogotá. Le comuniqué al pastor la noticia, y su disgusto fue tan evidente que entendí —aunque de manera aún torpe— que para algunos pastores la membresía es propiedad privada. La noticia se regó en la congregación y uno de los hermanos me entregó la dirección de la sede en Bogotá. Apenas llegué, continué congregándome, obediente al libreto que nos inculcaron el primer día: “perseverar”.
Pero los prejuicios, los silencios y el racismo antinegro en las iglesias empezaron a revelarse ante mí. No de golpe, sino en microfragmentos: comentarios disfrazados de chistes, teologías que justificaban la pobreza africana como castigo divino, sermones que ubicaban “lo negro” más cerca del pecado que de la dignidad.
Era la narrativa eurocentrada que recibimos desde el día en que nos dicen que hemos aceptado a un “Jesús blanco”, severo, con los cuerpos y los rostros que se parecen al mío.
Me fui a una megaiglesia buscando aire, pero encontré otro tipo de maquinaria: más pulida, más profesional, más eficiente.
El encuentro con la maquinaria política del cristianismo evangélico
La primera megaiglesia que pisé en Bogotá tenía más de 12 mil miembros. Venía de congregaciones pequeñas; aquello era otro mundo. Justo entonces Colombia atravesaba una crisis profunda: paramilitarismo, secuestros, desplazamientos, violencia desbordada.
Los políticos descubrieron que las iglesias evangélicas eran un vivero de votos disciplinados. Y los pastores descubrieron que los políticos eran aliados estratégicos.
Apareció un personaje que pronto sería llamado “el elegido de Dios”: Álvaro Uribe Vélez. Los pastores lo recibieron, lo invitaron a reuniones privadas, le ofrecieron un escenario moral para presentarse como salvador.
Cuando le preguntaron si quería “aceptar a Jesús en su corazón”, Uribe respondió que sí. No necesitaba religión: necesitaba votos. Pero en esas iglesias lo simbólico pesa más que lo real.
El domingo siguiente, el pastor anunció desde el púlpito:
—El candidato Uribe aceptó a Cristo.
La congregación estalló en júbilo. El mensaje era transparente: votar por Uribe era obedecer a Dios. Votar por otro, era rebelarse espiritualmente.
Me negué a hacerlo. Voté por Horacio Serpa. Fue mi primera desobediencia consciente.
Cuando Uribe llegó al poder, los pastores obtuvieron acceso privilegiado: oraban con él en la Casa de Nariño, lo defendían públicamente, participaban en sus agendas políticas. Guardaron silencio frente a la parapolítica, frente al paramilitarismo que asesinó y desplazó a miles —muchos de ellos afrodescendientes—, frente a los falsos positivos.
Ese silencio fue complicidad.
Lo que yo veía, y que pocos creyentes querían nombrar, era la consolidación de un nacionalismo cristiano criollo, versión colombiana del proyecto que en Estados Unidos había nacido con la “mayoría moral” en 1969. Un movimiento que buscaba fusionar la fe con la política, con una agenda antiderechos, supremacista y profundamente conservadora.
La megaiglesia, el autoritarismo espiritual y la figura del pastor
Cuando me congregué en otra megaiglesia, Avivados, el patrón se repitió. Crearon incluso un partido político: “Los Danieles”.
Recuerdo un viernes: el pastor, frente a 15 mil personas, regañó a toda la congregación por criticar a Uribe. Lo llamó intocable, elegido por Dios, protegido de la murmuración.
Yo pensaba en las madres de los falsos positivos, en las familias desplazadas, en las comunidades negras arrasadas por la violencia. ¿Cómo podía ser posible que estos pastores defendieran a quienes sostenían las estructuras que nos oprimían?
Entendí algo fundamental:
el cristianismo evangélico que recibimos fue moldeado por la lógica colonial.
Achille Mbembe explica que el poder colonial no solo gobierna cuerpos: gobierna imaginarios, deseos, espiritualidades. Fanon lo advirtió: el colonizado termina adoptando los valores del colonizador hasta sentirlos propios.
Y allí comprendí mi propia historia.
El ancestro panafricanista John Henrik Clarke lo dijo con claridad luminosa:
La religión del opresor fue diseñada como un arma psicológica para deshumanizar al pueblo negro, borrar su identidad y convertirlo en súbdito obediente.
Eso veía yo: prácticas afrodescendientes satanizadas, la espiritualidad ancestral reducida a “brujería”, y una teología que justificaba la esclavitud como designio divino.
Nos arrancaron la historia. Nos hicieron sentir vergüenza de nuestra identidad. Nos enseñaron a desconfiar de nosotros mismos.
El presente: el nuevo ciclo de manipulación religiosa en la política colombiana
Hoy, en vísperas de las elecciones de 2026, observo con doloroso déjà vu cómo se recicla la misma estrategia. Pastores de grandes iglesias ya se alinean con Abelardo de la Espriella, candidato de extrema derecha, antes declarado ateo y ahora vendido como otro “escogido de Dios”.
Es la misma fórmula:
crear miedo, promover obediencia, convertir la política en doctrina, suprimir la crítica y canalizar los votos a favor de quienes representan los intereses de la élite.
Este fenómeno no es local: forma parte del nuevo fascismo global.
—Nayib Bukele en El Salvador.
—Javier Milei en Argentina.
—Donald Trump en Estados Unidos.
Todos articulados con sectores religiosos ultraconservadores. Todos impulsados por un nacionalismo cristiano que pretende convertir la fe en arma, identidad y proyecto autoritario.
Colombia, supuestamente un Estado laico, es hoy escenario de esa pugna: una batalla cultural en la que religión, raza, género, educación y memoria se disputan violentamente.
Y en esa batalla, el racismo es la herramienta esencial para borrar identidades y justificar jerarquías.
Conclusión
El racismo, la batalla cultural y la religión impuesta son parte de un mismo sistema de dominación.
El racismo crea la jerarquía.
La batalla cultural legitima la jerarquía.
La religión impuesta santifica la jerarquía.
Así, la cultura dominante se presenta como más “civilizada” y “correcta”, mientras nuestras culturas afrodescendientes son reducidas a superstición o atraso. La religión del opresor se instala como única verdad. Nuestra espiritualidad ancestral es silenciada.
John Henrik Clarke lo sabía:
Un pueblo que desconoce su historia está condenado a obedecer la historia escrita por otros.
Hoy lo veo con claridad: fui víctima de esa maquinaria. Una maquinaria que utiliza la fe como instrumento, que recluta emocionalmente, que disciplina políticamente, que borra identidades y que le teme profundamente a una comunidad negra consciente de su dignidad y su historia.
Por eso escribo esta crónica: para recuperar mi voz, para romper el silencio, para reconstruir —poco a poco— la historia que nos robaron, pero que aún late en nuestra memoria colectiva.
📚 Bibliografía
Clarke, J. H. (1993). A great and mighty walk. Black Classics Press.
Fanon, F. (2019). Los condenados de la tierra (J. V. González, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1961)
Mbembe, A. (2016). Políticas de la inhumanidad. En Crítica de la razón negra (pp. 9–45). Editorial NED Ediciones.
Mbembe, A. (2003). Necropolítica. Revista de Estudios Sociales, (15), 117–141.
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Excelente hermano. Gracias por compartirlo.
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